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Los pasos del verdugo sonaron como tambores en cada escalón mientras ascendía, provocando un hiriente eco en el silencio de la madrugada.
Él yacía atado al madero, frágil, inconsciente, calmo.
Abrió lo ojos y contempló horrorizado el escenario que lo envolvía.
Supo entonces que había llegado el final. Miró al verdugo y comprendió que esos eran los últimos momentos de su vida.
Aspiró una profunda bocanada de aire y con la voz quebrada por la tristeza sólo dijo: he amado en vano, pues nunca fui amado y moriré así, sin un testigo.
* La última palabra no alcanzó a formarse, porque al momento se pronunciarla el hacha atravesó su garganta.
Ella yacía en su cama, frágil, inconsciente, en calma.
Abrió sus ojos y contempló horrorizada el escenario que la envolvía. Despertó de la pesadilla atenazada por el miedo. Miró la precaria habitación de su casa, pensó en sus cinco hijos; en su cuerpo cuya figura alguna vez hermosa se había perdido olvidada en el tiempo; en su marido que la engañaba y la maltrataba y que a esta hora ya estaría trabajando en la curtiembre por la miseria con que alimentar a sus hijos…
Aspiró una profunda bocanada de aire y con la voz quebrada por la tristeza sólo dijo: he amado en vano, pues nunca fui amada y moriré así, sin un testigo.
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