El canto del ruiseñor: (2007)

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Un ruiseñor que no cantaba vivía solo en lo alto de un pino, el más alto del bosque.
A veces bajaba para comer, pero lo hacía brevemente; comía lo necesario y volvía a subir.

Muchos de los seres del bosque ignoraban su existencia y algunos, que lo habían visto cuando bajaba a comer, contaban extrañas historias de él; otros simplemente tenían otras preocupaciones.

Desde lo alto el ruiseñor observaba la vida en el bosque, siempre callado y atento, siempre oculto.

Llegó la muy esperada primavera. Los árboles florecieron, perfumes llenaron el aire y colores el paisaje. Las criaturas se sintieron dichosas de la luz del sol, las flores abrieron sus corolas… Y comenzó el cortejo entre los pájaros.
La primavera llegó después de una larga espera y encontró al ruiseñor solo y triste; esta estación era cruel para su corazón. Un espectáculo digno de ver era la vida que se encendía en el bosque, el amor entre los seres, el ruiseñor disfrutaba viendo, oyendo, sabiendo todo lo que sucedía allá abajo, pero todo esto era ilusorio, engañoso, pues sólo contribuía a hacer más grande su soledad. Peor aún era que, como para comer esperaba a que nadie rondara cerca y durante la primavera el bosque se colmaba de presencias y movimientos, el ruiseñor sufría largas esperas para poder bajar, lo que significaba períodos de hambruna.

Una mañana lo despertó el ruido de alguien que se acercaba. El ruiseñor se quedó quieto, expectante, procurando oír sin ser visto. Finalmente el invasor se mostró; se trataba de una joven ruiseñora, adolescente, de un color rojizo recién pintado, con el pecho apenas tocado por el gris.
La ruiseñora subió de rama en rama hasta quedar muy cerca de él, que seguía inmóvil. Oyó entonces que la jovencita gemía y esto le causó pena así que olvidando sus recelos preguntó:
_ ¿Por qué lloras joven ruiseñora? ¿Cuál es la causa de tu aflicción?
_ ¿Quién eres tú? ¿De dónde has salido? –respondió esta, sorprendida de su aparición.
_ Lo siento, no quise asustarte –se disculpó el ruiseñor.
?_ No importa –dijo la joven – no te disculpes, fue sólo la sorpresa, no sabía que había alguien aquí.
_ Estás triste, puedo verlo ¿ a que se debe eso? ¿Por qué buscas estar sola?
_ Porque han comenzado los cortejos y nadie canta para mí.
_ Pero por eso no te angusties, eres bonita, sólo te falta crecer un poco.
_ Esa es la causa de mi pena, oh amable señor, por lo que me ha explicado mi abuela.
_ ¿Y qué te ha dicho ella?
_ Es por el canto, señor mío, por el canto que nos dedican durante los cortejos que florece nuestra belleza. Sólo las que reciben los más bellos cantos llegan a ser las más bellas y a las que nadie les canta…
_ Oh pobre niña –dijo apenado el ruiseñor.
_ ¿Cantarías tu para mí –inquirió la joven, ilusionada.
_ Lo siento, no puedo.
_ No importa, de todas forma sería falso si no lo sintieras, no es algo que se pueda pedir.
_ No puedo aunque quisiera, mi canto esta vedado.
_ No entiendo ¿Por qué dices eso?
_ Es triste mi historia.
_ Quiero oírla si tu quieres contarla.
_ Hace tiempo cuando era niño un fuerte viento me hizo caer del nido. Mis padres desesperados me buscaron por todas partes y fue mi madre la que dio conmigo, pero cuando me hallo un felino me acechaba. Me tomó por las alas con sus débiles patitas y empezó a subir a un árbol. El felino se lanzó contra nosotros y fue mi padre quién se interpuso y dio su vida para salvarnos. Mi madre aterrorizada voló y voló muy alto, hasta que llegamos a la sima de este árbol.
Ya sintiéndose segura me arrulló sobre esta rama y al cobijarme con sus alas note que estaba herida. Finalmente mi madre murió de cansancio.
Me hallaba solo y desesperado, y siendo joven mi temperamento era fuerte así que grite y maldije, exigiendo que si había algún Dios se presentase y me diese explicaciones. Repentinamente el cielo se iluminó y la noche se volvió clara como el día. Supe que había provocado algo que iba más allá de mi fuerza y mi entendimiento. Dios me habló entonces con la voz más dulce que jamás he oído y dentro de un rayo de luz sentí llegar hasta mí todo su amor.
_ ¿Por qué te has llevado la vida de mis padres? Exclamé exaltado.
_ Ya era su momento de venir a mi lado. Fue su sacrificio lo que permitió que sigas vivo; la prueba de amor que me han dado les ha ganado un lugar especial en mi reino, donde esperan reunirse contigo algún día.
Esto fue lo que Dios me dijo. Pero al verme tan afligido comprendió que el saber las causas no aliviaba mi sufrimiento. Fue entonces que me dijo que en compensación por mi perdida me revelaría un secreto. Dijo que yo poseía un tesoro y que sería el iniciador de todo un imperio movido por el mismo amor que salvó mi vida, pero que no cantara nunca hasta que el momento llegase, de lo contrario el tesoro se perdería para siempre.

La ruiseñora más triste aún después de oír la historia dijo:
_ Veo que eres bueno con las palabras y más audaz es tu imaginación. Pero si no quieres cantar para mí tampoco tienes que engañarme ¿O es que acaso tratas de consolarme con mentiras?
_ Pero no te he mentido –dijo el ruiseñor – todo lo que dije es cierto.

Aún así la ruiseñora no le creyó y la observó marcharse triste de rama en rama. Pero entonces el ruiseñor comprendió.

En ese momento un canto llenó el bosque y ante él cedieron todos los sonidos. Las fieras callaron sus rugidos, los pájaro enmudecieron sus débiles cantos, los seres oyeron deleitados el armonioso sonido que ocupaba el bosque entero y se vieron repletos de una melódica alegría; supieron que eran privilegiados pues les había sido otorgado un tesoro.
Esta fue la primera vez que se oyó el canto del ruiseñor como lo conocemos hoy día, incluso más hermoso.
Cuando el canto cesó perduró aún el silencio, un silencio absoluto, cabal, que ni siquiera el viento se atrevió a corromper.
La ruiseñora, maravillada al igual que los demás por lo que había oído, entendió por fin lo que había pasado. Giró, llorando levemente, no ya de tristeza sino de felicidad, de alegría, de júbilo; le parecía un milagro que un canto tal hubiera sido dedicado a ella, un canto en el que el amor había fluido puro como un arroyo, un amor que la convertiría en la más bella y admirada de todas las ruiseñores. Giró ansiosa y sollozante para ver a quien le había dado tanta felicidad y tan sólo contempló al ruiseñor que caía entre las ramas; al ruiseñor que, habiendo cumplido con su propósito secreto, por fin se reuniría con sus padres para ya nunca más estar solo.

No hay que olvidar que a veces las cosas más simples consiguen resultados asombrosos, y por ésto no son nada despreciables, sino dignas de todo elogio, detenimiento y observación cuidadosa