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Al cálido abrazo de una mirada; la vieja tristeza de un corazón herido en unos ojos marrones y brillosos ensombrecidos de pronto: la mirada de una madre.
La figura de Manuel brotó en su recuerdo.
Una noche de tormenta a la tenue luz de las velas el pobre Manuel gemía y temblaba debatiéndose con una fiebre atroz.
Manuel montando su primera bicicleta, gritando: Mirá mamá, mirá, pude solo.
Manuel formándose en la fila para izar la bandera.
Manuel, apenas bebe, dando sus primeros pasos.
Manuel dando sus primeros pasos… en la delincuencia.
Primero los amigos, más grandes que él, maleducados, vagos, la mala junta. Nada bueno se decía de esos chicos con los que andaba.
Después las llegadas tarde, las escapadas del colegio, las contestaciones.
Hasta que finalmente cayó preso: asalto a mano armada.
A Estela –madre de Manuel – se le partió el corazón. Aún así pagó la fianza. Cuando llegaron a la casa ella se encerró en su pieza, a llorar en silencio. Aquella noche no se atrevió a dirigirle la palabra porque sabía que no era capaz de controlarse y que su desconsolado llanto le impediría decir nada, así que era inútil.
Dos meses después Manuel fue arrestado nuevamente, esta vez por disturbios en la vía pública. Ahora sí que se animó a hablarle y le dijo todo lo que pensaba. Pero la discusión sólo consiguió fragmentar más un vínculo que día a día se veía más deteriorado.
Entonces vinieron los peores años…
Pero la imagen que ocupó el recuerdo de Estela en ese momento fue la de Manuel apareciendo en la puerta, cubierto de sangre, que repetía: no fue mi culpa, no fue mi culpa.
La condena, después de la apelación, fue de doce años. Esto para el cansado corazón de Estela fue peor que la muerte.
Cansada de sufrir, de vivir sin sentido, de la soledad, decidió suicidarse. Se cortó las muñecas con una gillette, pero falló.
Diez años después, una fresca tarde de Abril, tras una reducción por buena
Buena conducta, Manuel fue liberado.
Esa misma tarde Estela abrazaba a su hijo, que ya era un hombre, al que había perdido por diez años y que ahora le devolvía una razón para vivir.
Esa misma tarde decidieron no ir directo a la casa, sino pasar por el almacén a comprar un biscochuelo que Estela prepararía al llegar.
Esa misma tarde el almacén fue asaltado, el cajero dio la alarma, llegó la policía y en ese ambiente hostil y cargado de tensión, un chico de no más de trece o catorce años sacó un revolver y apuntó a una mujer embarazada que empezó a gritar.
Esa misma tarde, en el desesperado intento de un hombre por desarmar a un delincuente, un chico descargo tres disparos a quemarropa, matando a un hijo, redimido, al cálido abrazo de una madre.
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