_____________________________________________________
Viejo y olvidado, yacía postrado en su cama un hombre que ya no lloraba; tampoco reía, o esperaba, o sentía nada.
Vivía de una pensión que le llegaba por correo. Compraba sus menesteres en el almacén, a la vuelta de su casa; tan organizadamente que casa semana el almacenero lo esperaba con su paquete de provisiones armado. El viejo se limitaba a llegar, pagar e irse.
Sin más pasatiempo que leer antiguos libros de una completa biblioteca heredada de su padre, sus días transcurrían iguales, lentos y grises.
Algunas veces intentaba escribir en su computadora, pero excepcionalmente lograba plasmar alguna idea.
De su pasado no hay mucho que decir. Nunca conoció a su madre,
vivió solo con su padre hasta que este murió de viejo, luego quedó completamente solo. Nunca conoció el amor de una mujer y sufrió mucho por esto. Tampoco tuvo amigos ni parientes que lo visitasen las noches de insomnio, de fiebre, de angustia…
Finalmente se volvió loco y empezó a hablar con los objetos, bautizando a muchos de ellos con nombres que le hubiera gustado incorporar a su vida cotidiana, nombres que nunca había pronunciado.
Un tiempo después lo llevaron al manicomio, despojándolo de lo único que era suyo. En el manicomio tuvo brotes sicóticos y mató a un enfermero, por lo que fue encerrado en una habitación enteramente blanca y con las paredes acolchadas; dejó de comer. Al cabo de una semana, anémico y desfalleciente, fue internado en terapia intensiva.
Y ahí, tirado en la cama, recibía a la muerte con los brazos abiertos, como una bendición.
Jamás valió nada ni llegó a hacer algo importante, quizá por eso el olvido fue su condena y, en consecuencia, siempre ignoraremos por qué después de una larga y angustiada vida murió llamando a su madre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada