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Supe que mentía en cada palabra que dijo y aún así me negué a ver la verdad, me obsesioné en amarla.
Yo le di todo, lo que tenía, lo que amaba, todo; pero parecía que para ella nada era suficiente.
Al principio se tomaba la molestia de fingir, pero al pasar el tiempo empezó a demostrar su desagrado abiertamente.
Una helada mañana de Junio desperté y noté su ausencia. Corrí hasta la ventana y no halle a nadie. Registré la casa, pero no estaba. Busqué en el ropero y no encontré su ropa. Revisé el lugar secreto de nuestros ahorros… también eso se había llevado.
“Si ella se va
no la perdones
si te deja
cultiva de tu odio
nunca seas
generoso en olvido…”
Una semana después la vi en un bar al que solíamos ir juntos. Suponía que era absurdo buscarla en aquellos lugares, pero de alguna manera la nostalgia que despertaban en mí aminoraba el horrible vacío de su ausencia.
Al verla entrar, tan cínica, tan descarada, con ojos al acecho de leona hambrienta, sin rastro de tristeza en su rostro, al verla, sentí un odio irrefrenable que nacía desde mi estomago.
Con el poco control que conseguí sobre mí mismo me levante y fui al baño, me lavé la cara y al mirarme en el espejo un sin fin de recuerdos llovieron en mi mente. Recuerdos que más tarde en mi casa me atormentaron cuando, solo y llorando como un niño, traté de suicidarme.
Pero ahora estaba ahí, en el baño. Salí y arremetí contra ella que me vio caminar hacia su mesa sin inmutarse, permaneciendo inmóvil e inexpresiva.
_ ¿Por qué? – fue lo primero que dije.
_ Deberías saberlo – respondió.
_ Al menos me merezco una explicación.
_ Andate, espero a alguien.
_ ¿Tan pronto me reemplazaste?
_ No es eso. Es por una entrevista de trabajo.
_ ¿Y los ahorros? ¿Qué hicis…
_ Vos trabajás, no yo. De algo tengo que vivir hasta que consiga trabajo, cuando lo consiga te devuelvo todo.
_ Pero yo te quiero a vos, decime por qué…
_ Andate por favor que la gente está mirando.
_ me importa un carajo – dije, ya francamente exasperado – que miren lo que quieran. No se qué hice mal, pero…
Ella tomó su taza de café humeante y me lo arrojó en la cara. Cuando recuperé la vista, soportando un terrible ardor vi que ya no estaba.
“…Si ella se va
si te deja no digas adiós
¿y qué vamos a hacerle?
no pidas perdón
no repases vuestras fotos
y mirándole a los ojos
regálale eterno tu odio…”
Veinte minutos después estaba en casa, viendo su fotografía; su retrato permanecía en la mesa de la sala desde su huida.
El dolor que sentía era enorme. Tenía la cara al rojo pero eso era lo de menos. Sentía mi corazón sangrándome en el pecho, mi alma desgarrada se retorcía en mis entrañas, sentía el terror y la desesperación del abandonado.
Y como suele suceder en momentos como este, en que creemos que no podemos caer más bajo, caí más bajo aún…
La luz roja titilando en el contestador me indicó que tenía un mensaje. Intuyendo lo que podía significar caminé hacía él y dude entre los botones de borrar / escuchar. Finalmente lo escuché. Reconocí su voz de inmediato:
_ Perdoname por lo que hice, estabas mal, alterado, me asustaste. Lamento mucho que lo nuestro no funcionara pero… ¿Para qué causarnos más dolor? Te prometo que a la plata te la devuelvo… Me parece que lo mejor va a ser no vernos por un tiempo, lo de hoy lo dejo bien claro ¿no?... Bueno, por favor no me busques… Te deseo lo mejor… Chau.
Y cortó. Así de simple… cortó la llamada y cortó con todo. Me quedé al menos media hora parado frente al teléfono mirándolo fijamente, debatiéndome entre el dolor y los recuerdos.
Empecé a llorar sin darme cuenta, con leves sollozos que se convirtieron luego en gemidos desgarradores. De a poco fui perdiendo la cordura hasta que la histeria y el terror se apoderaron de mí. Corrí hasta el baño, tome las pastillas para el insomnio que el médico me había recetado y las tragué todas. Cuando el adormecimiento comenzó volvió brevemente la conciencia. sentado en el sillón de la sala, mirando su fotografía, me pregunte si seis pastillas serían suficientes para librarme del dolor. Luego todo se nubló.
“… si ella se va
no trates nunca
de entenderla
maldice sus pasos
nunca creas sus despedidas
sus promesas
su explicación…”
Cuando desperté estaba en un hospital, algo confundido y asustado, no entendía qué pasaba. Entonces la vi entrar y en un segundo recordé todo. Todo era tan irreal… parecía un sueño (¿o debería decir una pesadilla?).
Se me acercó llorando y dijo:
_ ¿Cómo pudiste? Estaba muy preocupada, creí que te morías. Nunca pensé que fueras capaz de hacer algo así. Yo conozco a un buen psicólogo que…
No podía creer lo que oía. Sin embargo mi indignación fue mayor que mi sorpresa y en ese momento la interrumpí:
_ ¡Hija de puta! ¡Descarada! ¡Cómo podés hablarme así! ¡Sabés que esto es tu culpa! ¡Te odio! ¡Hija de puta!
Sus lágrimas sólo consiguieron enfurecerme más y mientras me sostenían entre dos enfermeros un tercero me inyectó algo.
Otra vez todo se nubló.
“…Y provoca llanto y dolor
que queme su conciencia
como el sol
que el adiós le corte
como una cuchilla
no te confundas
ella es la asesina…”
Unos días después me escapé del hospital. No volví a mi casa porque sabía que era el primer lugar en que me buscarían. Vagué por las calles sin rumbo preciso. Llegué hasta la estación de trenes. Mirando a la gente divisé a una señora elegante que marchaba sumida en su arrogancia. Camine cerca de ella y cuando se acercó a la boletería y se dispuso a sacar dinero de su bolso, se lo arrebaté y corrí como el viento. Ya sintiéndome seguro, tomé el dinero y tiré el bolso. Trajiné algunos días por plazas y bares hasta que una oscura tarde de domingo la vi pasar. La seguí unas cuadras, tomó un colectivo. Detuve un taxi y le pedí que tomara la misma ruta. Bajó en Belgrano y se quedó ahí esperando. Minutos después se le acercó un muchacho, ella lo abrazó, lo beso y se marcharon juntos.
“… Porque cuando ella se va
alguien la esperara
en la esquina
y en otros brazos
reirá con otras mentiras
dirá te amo,
cuanto tiempo
te he estado esperando…”
Los seguí un par de calles y los vi entrar en un departamento. Las luces se encendieron y se cerraron las cortinas. Tomé un ladrillo de una casa en construcción y crucé la calle. Toqué el timbre con insistencia. Cuando por fin el muchacho abrió la puerta le rompí el ladrillo en la cabeza sin darle tiempo a reaccionar. Cayó al piso y cargue ciegamente a golpes contra él, que estaba semidesnudo; sólo me detuve cuando la vi salir a ella del cuarto. Gritaba algo, pero extasiado en mi euforia no era capaz de comprender lo que me decía. A ella también empecé a golpearla enérgicamente hasta que me sentí demasiado cansado para continuar con mi agresión.
Me detuve completamente exhausto y me senté en el piso. A mi lado los dos cuerpos reposaban inmóviles, completamente magullados y llenos de sangre.
Poco a poco fui recobrando el control de mis actos. Me dolían los puños y las mejillas me ardían, pero el zumbido en mis oídos se atenuaba cada vez más, hasta que no fue más que un vago rumor.
“…Y te olvidará
y todo habrá muerto
y aquel otoño
nunca habrá sido vuestro
¿Para qué mentir?
que ella se lleve
aunque dure poco
tu odio para siempre.”
Recuperada la capacidad auditiva descubrí que una canción estaba sonando; ellos habían puesto música.
Era un tema de Ismael Serrano, aunque entonces no lo sabía. Oí cada palabra comprendiendo su exacto significado y con la magia que tiene la música sentí que la canción hablaba de mí, que era por mí que la habían compuesto.
Al terminar la canción una lágrima corrió por mi mejilla y dije:
_ Que bueno que alguien me comprenda.
Entonces otra vez todo se nubló.
Epilogo:
Ninguna de los dos murió, pero si sufrieron lesiones permanentes, yo fui condenado a diecisiete años de cárcel.
Un día, hablando con uno de los reclusos, supe que el tema que había escuchado era de un tal Serrano y que su título tan espantoso como humano, tan sincero como real, tan vergonzoso como lo que yo había hecho, era instrucciones para salvar el odio eternamente.
Nunca más volví a tararear esa canción, pero siempre quedó sonando en mi cabeza…
“Si ella se va…”
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